12 agosto, 2013
Escrito por Angela De la Vega

Nadie niega ya que la crisis se ha gestionado mal en España. Y más en lo que respecta a la banca en tanto en cuanto la crisis ha sido intrínsecamente financiera.

Desde la tardía admisión de un problema de gravedad en la economía por parte del ex presidente Zapatero, las medidas tomadas para luchar contra lo que se convirtiera en algo inevitable han cubierto todo un cromatismo de meteduras de pata, yendo de lo más estúpido a lo más evidente.

El narcisismo de nuestros dirigentes llevó a que dieran por supuesto que el sector bancario español no se vería afectado por la caída de Lehmann Brothers. Sin embargo, el tiempo abofeteó en la cara a los que pensaban que estábamos blindados de forma suficiente por la ley relativa a los bancos y los créditos.

Nunca creímos que hubiera tantos casos de préstamos de alto riesgo dentro de nuestras fronteras y resultó que más de los que pensábamos habían acudido al banco en busca de medios para financiarse viajes, casas o coches que posteriormente serían incapaces de pagar. Y esto sin contar los numerosos casos de corrupción de los que el panorama español ha sido testigo.

Otro ejemplo de fallo a la hora de gestionar la crisis es el de la fusión de bancos malos con entidades de crédito que funcionaban bien en la conocida y muchas veces repudiada reforma del sistema financiero. El fallo consistió en unir lo que funcionaba mal con lo que era bueno para nosotros.

Y muchos fueron los casos de gestores que antes de la crisis cometieron si no fraude sí algunas tropelías dignas de una novela policíaca en las que más de un ciudadano se ha visto gravemente perjudicado. Es el caso de las preferentes, de los hedge funds y de las hipotecas subprime.

Todos conocemos circunstancias en las que misteriosamente se han vendido títulos financieros a ciegos y a ancianos que estaban mal informados o informados falsamente.

Ni que decir tiene que el rescate a la banca es otro de los errores cometidos. Hemos pagado con nuestras arcas públicas entidades ineficientes a nivel empresarial y económico y eso solo puede perjudicarnos a la larga.

El mismo neoliberalismo que ha defendido siempre a capa y espada la no intervención en los mercados ha sido quien ha agarrado por los pelos a la autoridad de turno y la ha obligado, o no, a pagar los estropicios causados por la fiesta de la burbuja inmobiliaria.

El mismo FROB ha reconocido que ese dinero ya se ha perdido. Se han ido al agujero negro de los créditos impagados más de 36.000 millones de euros. Y mientras, cientos de familias viven con una mano delante y otra detrás.

Y no será esto lo último que veamos, ni lo único que hemos visto. Desde las múltiples reformas del mercado laboral hasta el sistema de pensiones, hemos asistido a la sucesión de todo tipo de patadas a nuestros derechos como ciudadanos de un país dirigido por señores que, aparentemente, son ajenos a las desgracias humanas.

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