27 enero, 2014
Escrito por Jaume Navarro

El capitalismo está enseñando su rostro más primitivo desde que Adam Smith lo bautizase en la Revolución Industrial. En la actualidad el sistema económico ha dejado de lado la actividad productiva para meterse de lleno en la actividad financiera que ofrece mayores beneficios.

Con un sistema económico modelado para que los grandes inversores sean quienes manejen los ciclos, las fluctuaciones no son más que sus instrumentos para adquirir empresas, bienes o influir en los países.

El mundo financiero es un sector en el que no existe regulador, en el que tampoco se han establecido unas pautas, ni en el que se halle un sistema impositivo que grabe cada movimiento.

Un sector en el que navegan grandes entidades financieras, grandes empresas, agencias de calificación que están financiadas por estos últimos y élites económicas que mueven su dinero.

Numerosos casos han tenido lugar como los que se originaban en la famosa película de “Wall Street”, donde Michael Douglas encarnaba el papel de un típico especulador llamado Gordon Gekko.

Y de más actualidad la protagonizada por Leonardo DiCaprio, “El lobo de Wall Street”, interpretando a Jordan Belfort, un “lobo” de las finanzas.

Numerosos son los casos en que las leyes amparaban a estos inversores, capaces de hacer tambalear el Sistema Monetario Europeo, como hizo en los noventa George Soros.

Soros especuló con la libra esterlina, ganando en menos de un año 10.000 millones de dólares y para ello desmontó la fiabilidad de la moneda británica.

En la actualidad se está viviendo la misma situación con la deuda de los países europeos. De los que el mismo George Soros dijo que invertiría “contra el euro”.

Bernard Madoff también sacó tajada de manera impune, estafó 48.000 millones de euros intercambiando unos intereses del capital por otros.

Más grotesco es el nombramiento de Allen Stanford como caballero de la ex colonia de Antigua y Barbuda por el príncipe Eduardo de Inglaterra, después de estafar 5.000 millones.

Asimismo actuó John Rigas, quien infló el valor de su cadena de televisión, Adelphia, en 1.700 millones de euros, o Ken Lay que llevó las pérdidas de 3.200 millones de Enron a empresas ficticias de paraísos fiscales.

Y es que en este mundo irreal que atenta contra la economía real, todo puede pasar de valer millones de euros a estar en quiebra técnica, mientras la empresa o el país del que nace tal mercado de renta variable continúa su actividad impasible.

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